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Texto y fotografías de Bisual Studio

BELLEZA Y MUERTE. LOS TEMPLOS DE ANGKOR Y EL LEGADO DE LOS JEMERES ROJOS. VIAJAR A CAMBOYA SIGNIFICA ADENTRARSE EN LOS DOS EXTREMOS DEL SER HUMANO

Chum Mey lo conocí en la cárcel. Era mediados de octubre y la ciudad de Phnom Penh se encontraba en plena época de monzones. Yo paseaba por el patio de lo que en su día fue el instituto Tuol Svay Prey, y que durante el régimen de Pol Pot (1975-1979) se convirtió en el mayor centro de detención y tortura de Camboya. La prisión de Seguridad 21. Más conocida como la S-21. Un lugar tenebroso por donde, en sólo tres años, pasaron más de 17000 prisioneros. Con una media de cien muertos al día, hombres, mujeres y niños, supuestos “enemigos del estado”, fueron apaleados, torturados y ejecutados aquí. Sólo sobrevivieron siete. Chum Mey es uno de ellos.

Tras una visita exhaustiva por aquel lugar, hoy día reconvertido en museo, estaba abatida y decidí descansar un rato en uno de los bancos medio roídos del patio. En un primer momento no noté su presencia, hasta que Mey tosió y desconcertada giré la cabeza. Allí estaba él, cruzado de piernas con la mirada perdida del que ha vivido demasiado y ya no le quede nada más por hacer. Recuerdo con precisión sus uñas. Sus largas y puntiagudas uñas. “Me las dejo para conmemorar mi pasado” – me dijo-. En su día los guardias de la S-21 le arrancaron las uñas de los pies y las manos aplicando descargas eléctricas durante doce días y doce noches. Mey es un hombre parco en palabras, y aunque se defiende mínimamente en inglés, prefiere restar en silencio.

Serán su hija y su nieta quienes me cuenten la devastadora historia de este colegio reconvertido en prisión, y la de este hombre, superviviente entre miles, de uno de los centros de tortura más terribles de la historia contemporánea.
Cerca de dos millones de personas murieron en Camboya entre 1975 y 1979 ejecutadas acusadas de ser espías de los Estados Unidos, por enfermedades, inanición o extenuadas a causa de los trabajos forzados en los conocidos como “campos de la muerte”. Los Jemeres Rojos (miembros del Partido Comunista de Camboya) fueron los encargados de llevar a cabo esta reestructuración social y revolucionaria, según ellos: “no contaminada por aquellos que habían intervenido anteriormente en la política del país”. Liderados por Pol Pot, su objetivo pasaba por transformar Camboya en una cooperativa agraria dominada por los campesinos. Pero en realidad, la capital fue evacuada y todo el país se convirtió en una prisión sin paredes. “Mi abuelo trabajaba en una fábrica de máquinas de coser cuando fue llevado a la cárcel acusado de espionaje”. Me cuenta la nieta de Chum Mey. Era 1978, y Mey fue fotografiado, desnudado y encadenado antes de ser interrogado por los guardias de la S-21.
“Le preguntaban cuántas personas conocía de la KGB y la CIA, y él ni siquiera sabía que significaba eso”. Mey negaba una y otra vez conocer a algún miembro de dichas entidades hasta que las torturas comenzaron y él claudicó. Confesó su unión a la CIA y al KGB por tal de no sufrir más maltratos. Las torturas acabaron cuando los guardias de la prisión se enteraron de que sabía arreglar coches y lo pusieron a reparar maquinaria. Chum Mey sobrevivió porque tenía algo que interesaba a sus captores. En la actualidad, pasa sus tardes sentado en el patio de lo que en otros tiempos fuera un colegio reconvertido en cárcel y centro de torturas.

Nunca entenderé la necesidad de recordar día tras día un pasada tormentoso y desolador. Mey, ausente durante toda nuestra conversación se dirige hacia y mí y me dice: “el sufrimiento nunca se borrará, pero el mundo ha de saber lo que ocurrió”. Y él es la voz de millones de personas que perdieron su vida a manos de Pol Pot.

Fue a través del rio Mekong por donde se coló algo de esperanza para los camboyanos. A finales de 1978, los vietnamitas lanzaron una gran ofensiva sobre Camboya, derrocando el régimen de Pol Pot dos semanas más tarde. La población traumatizada, tomó las calles en busca de supervivientes entre sus familias. Millones de personas habían sido arrancadas de sus ciudades de origen y tuvieron que caminar cientos de kilómetros por todo el país. Las reservas de arroz se agotaron, ya que se dejó marchitar la cosecha y se plantó poco grano, lo que provocó una hambruna generalizada a inicios de los ochenta.

Continuo mi viaje remontando ese río que no sólo es un símbolo de este país, sino la fuente de riqueza y alimentación más importante para los camboyanos. Es aquí, en un barco oxidado donde conozco a Veasna. Un hombre de mediana edad muy trajeado. Le pregunto de dónde es y me responde que del territorio más hermoso de la tierra. Angkor.
Es una de las pocas personas que habla inglés en el barco que me llevará de Phnom Penh al norte del país. Y enseguida comenzamos a charlar. Interesada por la situación actual, le pregunto por la posguerra, la política y la educación. Pero Veasna es muy reticente a hablar de esos temas, al igual que casi todas las personas que me encontraría a lo largo de mi camino.
En su lugar, me habla de la belleza de su ciudad, de la historia milenaria de un imperio cuyo origen sigue siendo todo un misterio. Y de cómo los textos escritos sobre hojas de palmera y pieles no sobrevivieron debido a las duras condiciones de la jungla. “Las únicas referencias que se tienen proceden de los relatos de viajeros chinos e indios que pasaron por aquí” me explica entusiasmado.
Sin embargo, soy incapaz de imaginarme la magnificencia de los templos de Angkor.

Hasta que, por fin, llego allí.

Angkor Wat

LOS TEMPLOS DE ANGKOR SE ERIGEN COMO UNO DE LOS MONUMENTOS ARQUITECTÓNICOS MÁS ASOMBROSOS QUE EXISTEN EN LA TIERRA

Olvidados en mitad de la selva durante varios siglos y bajo la custodia de monjes budistas, yacen majestuosos los templos de Angkor. Un conjunto arquitectónico de más de cien templos que se expanden a lo largo de 200 kilómetros cuadrados. Una ciudad sumergida entre maleza, macacos, reptiles y lagunas de agua. Una metrópoli fantasmagórica llena de recovecos donde perderse.

Fundada a principios del siglo IX por el rey Jayavarman II, Angkor fue capital de Camboya hasta el siglo XV. En 1431 es saqueada por los invasores thailandeses quedando la ciudad sumida en las tinieblas, la oscuridad y el olvido por más de cuatro cientos años. Hasta que un aventurero francés, Henri Mouhot la descubre al mundo occidental y las exploraciones arqueológicas se asientan en el lugar. En un cuaderno de notas Mouhot apuntaba: “Más allá de un ancho espacio desprovisto de toda vegetación, se eleva y extiende una inmensa columnata coronada por cinco torres en forma de flor de loto. Ante el profundo azul del cielo y el intenso verdor de los bosques que sirven de fondo a esta soledad, las líneas de una arquitectura a la vez elegante y majestuosa me parecieron el perfil monumental del gigantesco cementerio en el que reposa toda una raza desaparecida”. De una belleza inaudita, la Gran Ciudad (significado de Angkor Wat) me atrapa desde el momento en que la piso. No obstante, una reflexión me ronda la cabeza. Y es que, los fantasmas de la guerra son todavía demasiado recientes en este país; y en algunos de sus destinos más turísticos se mezcla el incipiente lujo de las nuevas generaciones con el pasado sangriento aún reconocible en muchos de los rostros camboyanos. Pero pese a todo, Camboya sigue siendo, aunque de ella sólo quede la sombra de lo que fue, uno de los lugares más esplendorosos del planeta.

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