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Texto y fotografías de German Magrazo

Esto es lo que me pasó justo al dejar la maleta en el hostel y salir a ver el Sunday Market que hay en Chiang Mai, eso sí, después de la mayor odisea que he vivido en solitario hasta la fecha. Decidí no reservar ningún hostel antes de mi llegada a Chiang Mai, así que al aterrizar, me dirigí a la salida (después de un tortuoso pase de controles) esperando que tras la puerta me encontraría decenas de tuktukeros comisionistas de hostels de la ciudad, qué error!!! No había ni uno!!! Debe ser que aquí es temporada baja…Por lo que decidí volver a entrar y contratar un taxi a precio pactado, mi sorpresa fue que me hicieron volver a pasar los controles. Y creedme que estoy de controles de aeropuerto hasta… piiiii!!! Saca portátil de la mochila, descálzate, teme por si no les gusta algo de lo que llevo encima… total que después de pasar el riguroso control pude contratar un taxi hasta el centro de la ciudad por 120 BTH lo que serían unos 3 €. Con el taxista, después de hablar obviamente de fútbol y reírse de la desgracia de la selección española, me llevó a un hostel de las afueras de la ciudad comentándome que no tenia prisa y que me podía acompañar a uno que fuese de mi agrado. Me llevó a un primero que estaba a las afueras de la ciudad antigua, después de ver la habitación que no estaba nada mal, le comenté que yo quería uno en la Old Town y me dijo que sería difícil entrar ya que era el mercado de domingo, después de ver dos más, decidí que me dejase bajo mi cuenta y riesgo a las afueras de la ciudad antigua y ya me espabilaría, y así fue, mochila acuestas y sudando lo que no está escrito llegué a un hostel recomendado por la Lonely Planet que a mi pesar estaba todo lleno. En esa misma calle visité otro colindante y tenía una habitación que dejaba mucho que desear por 500 BTH ,unos 11 euros, le dije al dueño que no me interesaba y di una vuelta más, creo que no he sudado tanto en mi vida, tres hosteles más y todos llenos, así que no tuve más remedio que aceptar la habitación roñosa. Dejé las maletas, salí a dar una vuelta y a cenar algo y me enamoré de Chiang Mai. La gente, los espectáculos callejeros, el Sunday Market, hasta visité un Wat, templo budista, de noche y se me pasó en seguida el mal trago pasado. Después de cenar, a dormir arropado en mi ya, nuevo amor, la mosquitera. Esta mañana al despertarme, lo primero que he hecho es ir al primer hostel recomendado por la guía y eureka!!! Esta vez sí que tenían una habitación, así que la he reservado por 5 noches, 450 BTH al día (10 €) y una habitación genial con baño propio y aire acondicionado. Una vez he dejado la maleta, me he calzado las cámaras y he salido a buscar los Wats más importantes de la ciudad, creedme cuando os digo que esta ciudad tiene algo que engancha a primera vista y entrar en estos templos budistas es algo realmente muy especial. No se puede entrar calzado y al contemplar al buda no puedes señalar con los pies al mismo, así que has de sentarte en posición de sirena para no ofender a los monjes. Digno de ver cómo vive esta gente y con que devoción siguen su liturgia diaria. Después de mi ruta por los templos y con una sonrisa de oreja a oreja he decidido ir a comer a un restaurante Indio para probar los deliciosos currys que preparan según Lonely Planet, y cierto, esta guía no se equivoca creo que nunca!! Exquisito aunque aún me arda la boca. Por la tarde tenía varias opciones y he optado al final por surcar el río Mae Ping en una barcaza, he coincidido con una familia suiza que también tenía el mismo plan y hemos recorrido el río por dos horas. A destacar los colores, las diferencias de estatus social que se pueden ver a lo largo del recorrido y lo fuertes que están los adolescentes que practican sin cesar el remo por sus aguas. Al final del recorrido he podido visitar una granja rural donde cultivan todo tipo de plantas aromáticas, una gran excursión. Aunque lo mejor estaba por llegar. Al llegar al hostel he podido ver como había una funda de guitarra en el hall, he preguntado a la recepcionista y me ha dicho que era suya y que estaba aprendiendo. Me ha incitado a que comprase una cerveza y me sentase con ellos con la guitarra y así lo he hecho. Hemos cantado, reído y ha llegado John, un californiano majísimo con el que he podido practicar mi inglés macarrónico, está claro que lo mejor de viajar no es lo que ves, sino lo que sientes y lo que conoces, sobre todo, las personas.

No puedo decir nada más. Sólo expresar que soy feliz y que esto no pare!!!

 

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