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Texto y fotografías de Jorge Bonilla

Colombia viene transformando su realidad, poco a poco el país se conoce más por el deporte, la música, por su gente y por todo lo que tiene para ofrecer al mundo. Sin embargo, la fama como país aún es un estigma. Una realidad que no se puede esconder tapando el sol con un dedo y hay que afrontarlo. Lo cierto es que entre 1998 y 2002, este país sufrió una de las crisis más difíciles en su historia. La economía estaba quebrada, la corrupción política llegó a unos extremos indescifrables, tanto que el mismo presidente no podía visitar Estados Unidos porque le habían negado el visado. La relación entre la política y el narcotráfico, eran innegables. Hoy, luego de más de 10 años de lucha y de diferentes procesos, hay un progreso enorme y lugares a los que antes no se podía ir por serios problemas de seguridad, hoy abren sus puertas para conocer la magia de Colombia, un destino turístico escondido entre la naturaleza, reconocido como el primer país en biodiversidad por metro cuadrado del mundo.

En otros tiempos, un cura medio loco, un aventurero, un académico o quizás solo un fotógrafo, o como se le quiera llamar divulgó unas imágenes de Caño CristalesAndrés Hurtado García, colombiano, ha recorrido el país de extremo a extremo, apreciando la naturaleza, tomando fotos de los lugares más espectaculares del país, en la selva, la alta montaña, etc. En sus fotografías, mostraba un río que no parecía real, un río de colores, rojo, verde, amarillo, blanco, café, negro, púrpura, “el Río de los siete Colores”Al ver libros, calendarios y otro material que él sacaba, me parecía que no era verdad. Luego, hablando con otros, me decían que efectivamente el lugar existía y que lo de los colores no era un invento. Fue allí cuando yo me prometí a mí mismo que algún día iría a este lugar aunque la zona era realmente complicada de acceder, tanto por la falta de infraestructura como por la falta de garantías de seguridad. Se convirtió en un sueño difícil de alcanzar pero que aparecía todos los días en la mente. Hasta que un día lo logré, luego de una larga espera de varios años para poder llegar.

Después de un período de tiempo donde el Gobierno Nacional decidió sentarse a conversar con la guerrilla más antigua del continente, el famoso grupo de “Las Farc”, en el año de 1999, el terreno que hoy ocupa Caño Cristales fue cedido a este grupo armado (Zona de Distensión) mientras se avanzaba en un diálogo que finalmente no llegó a nada porque el grupo armado decidió no volver a las mesas de negociación, sabiendo que el negocio del narcotráfico y la pasividad del estado eran más que suficientes para ellos. Dialogando con Alexander Fandiño, guía local de la Macarena (donde se encuentra Caño Cristales), comentaba lo difícil que fue para ellos este momento, donde el propio Estado le entregó a la guerrilla sus tierras, junto con sus casas, incluidos ellos que habitaban allí, para que la guerrilla se fortaleciera, cultivara la droga e hiciera todo tipo de fechorías contra la población civil. Este lugar se convirtió en un fortín de las Farc, haciendo aún más difícil la visita de este lugar.

Fue entonces cuando los colombianos nos cansamos y ante cualquier promesa de atacar a esta guerrilla, subimos al poder a un presidente que atacó al grupo armado en todo el territorio colombiano hasta lograr arrinconarlos por primera vez en la historia desde su fundación. Colombia entonces, volvió a vivir y desde que empezó este arrinconamiento en el 2002, el territorio colombiano volvió a ser visitable, pudimos volver a las carreteras, a la montaña y poco a poco, a la selva. Con el tiempo, los habitantes de esta zona como Alexander, volvieron a aparecer dentro del mapa del gobierno y una vez recuperada la zona, cientos de personas empezaron a llegar y ellos se capacitaron como guías turísticos que hoy siguen acompañando a los turistas a descubrir uno de los lugares más bonitos del mundo entero. Es algo curioso pero este lugar, desde que fue abierto al público nuevamente, ha recibido casi más visitantes extranjeros que colombianos.

Llegó entonces el momento del viaje. Con ayuda de mi hermana quien planeó toda mi ruta junto con un grupo de amigos suyos, me aventuré hacia La Macarena. La única forma de acceder a este lugar es en avioneta y no hay vuelos comerciales permanentes sino que toca pagar un charter para el grupo de personas que quiera ir. Nosotros rentamos una pequeña avioneta de ocho puestos desde Bogotá hasta el municipio de La Macarena (una hora de recorrido) donde hay una pequeña pista de aterrizaje en un pueblo donde no parece haber nada más que esto. Un lugar donde solo habitan 4.000 personas (los otros 27.000 viven en zonas rurales), donde además se puede percibir una extraña tranquilidad en un lugar con tanta historia de guerra, con algunos alojamientos poco organizados, restaurantes aún con muchas deficiencias pero que hasta ahora empiezan a apostarle al turismo como un factor de desarrollo. Fueron muchos años los que pasaron para que este lugar volviese a vivir y más importante aún, su gente.

Una vez en este lugar luego de instalarnos en alguno de los lugares de alojamiento y comer algo para coger fuerzas, partimos  en busca del destino. Primero hay que cruzar un río caudaloso en una barca artesanal impulsada con un motor pequeño. Este recorrido tarda unos 25 minutos hasta llegar a la otra orilla, donde nos espera un vehículo 4 x 4 (no esperen un último modelo), que nos llevará en un recorrido de otros 30 minutos hasta el lugar donde iniciará nuestra caminata. A partir de allí, se inicia la actividad de senderismo a través de un paisaje espectacular donde se puede apreciar el infinito verde de la selva. Poco a poco, Alexander nos va explicando que lo que le da el color al Caño Cristales son varios elementos. Por un lado, el río en su conjunto no tiene sedimentos en el fondo, como suele suceder con los ríos, sino que es roca volcánica lo que hace que el agua, desde su nacimiento, fluya con completa transparencia reflejando los colores de su alrededor y el color de las rocas. Pero son las algas que crecen en estas rocas, las que le dan ese contraste rojizo espectacular, unas algas que en el todo el mundo, solo crecen en este río y que logran un intercambio de colores completamente espectacular.

La emoción poco a poco genera impaciencia, si bien hace calor y hay humedad, lo que más se siente es un cierto desespero por llegar ya al famoso río de los sueños, ese lugar perfecto que genera un orgasmo cósmico, como lo describió alguna vez en sus escritos Andrés Hurtado García. Supongo que es una sensación similar a cuando te han dicho que puedes conocer a la pareja de tus sueños, te dan fotos y sabes que es perfecta. Pero tienes que esperar años para conocerla y cuando finalmente llegas, el calor, el sudor y el sol te separan de tu sueño. Pero caminas más rápido, con más fuerzas, disimulas una conversación con alguien o contigo hasta que miras en el suelo y empiezas a ver destellos de aquella alga rojiza en medio de pequeñas porciones de agua transparente. Sientes la piel de gallina y la ansiedad se multiplica hasta que finalmente llegas a un oasis, un manantial que sólo es posible verlo en la imaginación o en este preciso lugar. Quieres entrar en el agua, saltar inmediatamente, tomar mil fotos y de pronto, como quien levanta a otro de su sueño, Alexander se dirige al grupo y dice:

—-Tenemos que continuar, que lo mejor viene más adelante.

Es así como a lo largo del día, caminamos por senderos llenos de agua, de paisajes, sintiéndonos en la mitad de una pintura surrealista, en un mundo que es más propio de un libro de ficción que de una realidad como la que se puede vivir en Caño Cristales. Un lugar donde se pierde la noción de la historia, de la política y de la guerra. Un lugar lleno de paz, de ilusión, un rincón escondido esperando la llegada de todo aquel que valore la naturaleza y que esté dispuesto a cuidarla como su tesoro más preciado. Porque al pisar un alga y luego otra, se acaba el sueño de muchos y el derecho de un mundo natural que quiere mantenerse vivo. Después de caminar otro rato, finalmente llegamos a un lugar donde era posible bañarse y desahogar esa energía y esas ganas de mezclarse con la naturaleza. En este  momento, me sentí junto con la Pacha-mama alcanzando el orgasmo cósmico, cumpliendo un sueño y generando uno nuevo, el sueño de volver.

En dos o tres días se puede recorrer el lugar, teniendo claro que no es un viaje para descansar el cuerpo sino para relajar el alma, hay que caminar casi todo el día, todos los días, se come poco en el recorrido (puedes comprar un poco de pan, jamón y queso en uno de los mercados de La Macarena) y al llegar, la comida de los restaurantes dista aún de ser la mejor. El alojamiento es muy básico y no hay zonas amplias para compartir. Al viajar a un lugar como estos, es importante entender la dinámica que lleva, es un destino incipiente y los locales hasta ahora están consolidando un sistema económico, un modo de subsistir, entendiendo que están prácticamente incomunicados de cualquier población grande y que la temporada de turismo solamente es de unos meses, iniciando a finales de mayo y terminando a inicios de diciembre que es cuando el Parque Nacional Natural Serranía de la Macarena, está abierto al público.

La zona está custodiada permanentemente por el Ejército (es normal ver soldados armados o en campamentos vigilando) y la seguridad es total y así lleva ya varios años, donde no ha habido ningún incidente desde su re-apertura hace ya unos siete u ocho años. Al estar aquí se puede comprender un poco la historia política y social reciente de un país que a pesar de los conflictos, mantiene una senda de crecimiento positiva, un lugar al cual muchos temen por lo que se puede ver en las noticias (que solo cuentan cosas negativas del país) pero que espera que el mundo se decida a voltear sus ojos y a desplazarse a todos los rincones mágicos, sobre todo al más inspirador de todos, el río más bonito del mundo, Caño Cristales en la Serranía de la Macarena. Así que los invito a vivir personalmente esta experiencia y sentir la magia de los colores en un solo río, en un manantial de paz en medio de la selva colombiana.

www.jorgebonilla.co

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